“Los dirigentes pasan y las organizaciones quedan”, me dijo Felipe Quispe al final de una entrevista que realizamos con el equipo del periódico 𝑃𝑢𝑘𝑎𝑟𝑎 el 4 de noviembre de 2018. En esa ocasión, le pregunté sobre la vigencia de las organizaciones sociales como sujetos sociales, a pesar del contexto de crisis en el que se encontraban en ese momento, totalmente controladas por el gobierno del MAS.

Si las organizaciones son el mejor medio para legitimar lo ilegítimo y controlar cualquier rebelión social, es porque cada rincón del país está parcelado por organizaciones sociales territoriales o funcionales. Encima de éstas, se han erigido estructuras sociales y clases dirigentes que han garantizado la hegemonía masista por mucho tiempo. Por eso, a pesar de la fragmentación, el paralelismo y la falta de proyecto político que vienen sufriendo estas organizaciones, siguen teniendo vigencia y continúan definiendo gran parte del panorama político.

En El Alto escuché muchas veces la frase: “Las obras entran por los ojos”, refiriéndose a las obras de cemento. Muchos quisiéramos que fuera diferente, que la gente votara por proyectos sociales que se vinculen, por ejemplo, con el desarrollo humano o la cultura, pero las campañas se vuelcan hacia “megaobras” para ganar las elecciones.

De igual modo diríamos: “El poder entra por los ojos”; ser un dirigente que maneja más gente con “capacidad de movilización” es más importante que generar escuelas políticas, que trabajar en una conciencia e ideología que promueva el pluralismo ideológico o la soberanía política a la que se refería el Mallku. La marcha para salvar Bolivia de Evo Morales es, en realidad, una manera de mostrar el poder de convocatoria de los evistas. Por eso, precisamente, en un intento improvisado de revancha, Eva Copa y las organizaciones de la Asamblea de la Alteñidad rápidamente salieron al día siguiente en una marcha, en términos populares, para no quedar por “bajo” frente al despliegue de la marcha evista por la ciudad de El Alto.

Detrás de estas marchas pro-Evo y pro-Arce se opera un centralismo sindical que se articula con el centralismo político del MAS en ambas facciones, dejando al margen a sus bases. Este abandono de las bases es una realidad al interior de las organizaciones.

Los dirigentes campesinos y autoridades originarias con las que trabajé como abogada siempre distinguían entre el carácter más político de los entes matrices de los niveles provincial, departamental y nacional, frente a la realidad orgánica que se vive en los territorios. Una cosa es la definición política y otra es la lucha social que continúan encarando los sectores territoriales que enfrentan el atropello de empresas y corporaciones mineras, la injerencia de los gobiernos municipales, departamentales y el Estado central.

En Senkata, en 2019, me contaba una dirigenta, la mayoría de presidentes de zona decidieron participar del campeonato de fútbol en pleno conflicto. Ella mencionaba que tenían temor de asumir posición frente a las bases que salían a las calles para enfrentarse al régimen de Áñez. Esta ausencia de organizaciones sociales dejó en mayor vulnerabilidad a la gente frente a la violencia militar que se desplegó en Senkata, la cual fue diferente en aquellas zonas que estaban organizadas con sus dirigentes vecinales a la cabeza. Algunos de ellos fueron quienes encararon la gestión de los heridos en la iglesia de Senkata, por ejemplo.

Juan Saucedo, un líder que encabeza una de las FEJUVEs de El Alto, distinguía esta mala práctica dirigencial. En alusión a una de las frases populares del indianismo de Fausto Reinaga, afirmaba en algunas de las reuniones de la Asamblea de la Alteñidad que existen dos tipos de «indios»: indios de mierda e indios de verdad. Los indios de mierda son billetera, bragueta y panza. «¿A cuál pertenecen ustedes?» —les decía a sus colegas dirigentes. No faltaba alguno que respondía: “¡Yo soy un indio de mierda!”.

Hablar de la reestructuración de las organizaciones sociales no es solamente cambiar dirigentes ni modificar estatutos; reestructurar implica reconocer y cuestionar la cultura política que se ha instalado en el actuar cotidiano de la dirigencia. El triunfo del MAS, su verdadera revolución cultural, ha sido incrustar en el cerebro del dirigente la cultura prebendal y corrupta. Pienso, por ejemplo, en las formas machistas del chiste político: «Jefe, el que come solo caga solo», «No sirves como dirigente si no te sirves», y «No te excuses en tus bases; si eres dirigente, tienes que tener poder de decisión».

El triunfo del MAS radica en su incidencia y control del cuerpo social, sobre todo de la política sindical y social, de las capas que se podrían movilizar cuando quieran legalizar lo ilegal o legitimar lo ilegítimo. Esto es precisamente lo que debemos romper. Ignorar a las organizaciones sociales y pensar que debemos construir un nuevo sujeto político es creer ingenuamente en un mundo paralelo, basado en el individualismo de un influencer o un tiktoker.

𝐏𝐞𝐧𝐬𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐫𝐞𝐞𝐬𝐭𝐫𝐮𝐜𝐭𝐮𝐫𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐨𝐫𝐠𝐚𝐧𝐢𝐳𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐞𝐬 𝐭𝐚𝐧 𝐢𝐦𝐩𝐨𝐫𝐭𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐚𝐩𝐨𝐬𝐭𝐚𝐫 𝐩𝐨𝐫 𝐧𝐮𝐞𝐯𝐨𝐬 𝐬𝐮𝐣𝐞𝐭𝐨𝐬 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥𝐞𝐬, 𝐩𝐮𝐞𝐬 𝐥𝐨𝐬 𝐜𝐚𝐦𝐩𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐮𝐜𝐡𝐚 𝐬𝐨𝐧 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚𝐥𝐞𝐬, 𝐲 𝐞𝐬 𝐩𝐫𝐞𝐜𝐢𝐬𝐨 𝐯𝐨𝐥𝐭𝐞𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐦𝐢𝐫𝐚𝐝𝐚 𝐚 𝐞𝐬𝐚𝐬 𝐝𝐢𝐫𝐢𝐠𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐩𝐞𝐪𝐮𝐞𝐧̃𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐮𝐜𝐡𝐚𝐧 𝐩𝐨𝐫 𝐬𝐮𝐬 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐞𝐬𝐞𝐬 𝐲 𝐧𝐞𝐜𝐞𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬, 𝐲 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐧𝐜𝐮𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐧 𝐮𝐧𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐞𝐝 𝐫𝐢́𝐠𝐢𝐝𝐚 𝐞𝐧 𝐥𝐚𝐬 𝐞𝐬𝐭𝐫𝐮𝐜𝐭𝐮𝐫𝐚𝐬 𝐝𝐢𝐫𝐢𝐠𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐚𝐩𝐥𝐚𝐬𝐭𝐚𝐧. 𝐏𝐨𝐫 𝐞𝐥𝐥𝐨, 𝐥𝐞 𝐚𝐩𝐮𝐞𝐬𝐭𝐨 𝐚 𝐝𝐢𝐧𝐚́𝐦𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐫𝐞𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐮𝐫𝐠𝐞𝐧 𝐝𝐞 𝐞𝐬𝐚𝐬 𝐝𝐢𝐬𝐢𝐝𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬, 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐥𝐨 𝐯𝐢 𝐜𝐥𝐚𝐫𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐞𝐧 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐨𝐧𝐜𝐡𝐨𝐬 𝐫𝐨𝐣𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐝𝐞 𝐡𝐚𝐜𝐞 𝐚𝐧̃𝐨𝐬. 𝐒𝐨𝐧 𝐜𝐚𝐦𝐩𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐮𝐜𝐡𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐬𝐭𝐚́𝐧 𝐚𝐭𝐫𝐚𝐯𝐞𝐬𝐚𝐝𝐨𝐬 𝐩𝐨𝐫 𝐥𝐨 𝐩𝐨𝐥𝐢́𝐭𝐢𝐜𝐨, 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥 𝐲 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐢𝐝𝐚𝐫𝐢𝐨 𝐮𝐧𝐚 𝐲 𝐨𝐭𝐫𝐚 𝐯𝐞𝐳 𝐲 𝐪𝐮𝐞, 𝐚 𝐩𝐞𝐬𝐚𝐫 𝐝𝐞 𝐞𝐥𝐥𝐨, 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐢𝐧𝐮́𝐚𝐧 𝐥𝐮𝐜𝐡𝐚𝐧𝐝𝐨, 𝐚𝐡𝐢́ 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐞𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐨𝐫𝐠𝐚𝐧𝐢𝐳𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐨𝐫𝐢𝐠𝐢𝐧𝐚𝐫𝐢𝐚𝐬 𝐲 𝐬𝐢𝐧𝐝𝐢𝐜𝐚𝐥𝐞𝐬, 𝐜𝐮𝐲𝐨 𝐬𝐮𝐣𝐞𝐭𝐨 𝐩𝐨𝐥𝐢́𝐭𝐢𝐜𝐨, 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐝𝐢𝐫𝐢́𝐚 𝐞𝐥 𝐌𝐚𝐥𝐥𝐤𝐮, 𝐞𝐬 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐨-𝐫𝐮𝐫𝐚𝐥, 𝐚𝐲𝐦𝐚𝐫𝐚, 𝐪𝐮𝐞𝐜𝐡𝐮𝐚, 𝐠𝐮𝐚𝐫𝐚𝐧𝐢́, 𝐜𝐡𝐢𝐪𝐮𝐢𝐭𝐚𝐧𝐨 𝐲 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐨𝐬 𝐨𝐭𝐫𝐨𝐬.