Un presentador poco conocido de un medio digital, Mario Del Alcázar, recientemente generó polémica al cuestionar el voto universal. Afirmó que la gente que vota debería estar “preparada” y que la crisis que atraviesa nuestro país se remontaría al gobierno de Víctor Paz Estenssoro, expresidente que, en julio de 1952, decretó el sufragio universal y con ello consolidó el voto indígena y femenino.

Al igual que este periodista, en la época de Paz Estenssoro, el entonces ministro de Asuntos Campesinos, Ñuflo Cháves Ortiz, declaró en 1953 que “la mayoría de la población rural era ignorante”. Esta fue la razón que justificó la ausencia de un delegado campesino en la comisión agraria que trabajó el decreto de la Reforma Agraria; en su lugar, se designó a un alto dirigente del MNR, Federico Alvaréz Plata (Carmen Soliz, 2022, p. 154).

La historiografía muestra que, mucho antes de las reformas del MNR, el movimiento indígena se abrió paso en medio de las ambiguas políticas de inclusión estatal y del racismo imperante en la clase intelectual y dirigente, tanto del MNR como de otros partidos de izquierda y derecha. De hecho, el voto universal fue parte de un paquete de “ciudadanización” que derivó en clientelismo y en un “pongueaje” político-partidario. Esto resultó funcional para el Estado a la hora de controlar políticamente al movimiento campesino, cuya capacidad de movilización había puesto en jaque al propio Gobierno al impulsar por la fuerza la expropiación de tierras de los hacendados, ante la falta de políticas concretas del MNR.

El destino del indio debe estar en sus propias manos: ese fue el espíritu que impulsó los procesos de politización indígena tras la implementación del sufragio universal. Por ello, resulta inexacto atribuir enteramente al gobierno de Paz Estenssoro las reformas del 52 y 53; más bien, es a esa época a la que se remonta el racismo del MNR, un partido que, desde una posición paternalista, reconocía derechos al tiempo que neutralizaba gran parte del poder y la emergencia india, que es la verdadera protagonista de dichos procesos históricos.

Tal como observa Gonzalo Lamana (2022) al analizar las crónicas de Guaman Poma de Ayala, la perspectiva colonial considera al indio “incapaz de pensamiento abstracto”. Sin embargo, esta etiqueta de “ignorancia” revela la ceguera del propio colonizador, incapaz de comprender la complejidad del pensamiento del «otro». Del mismo modo, la idea de culpar al otro por “falta de preparación” reproduce esa misma lógica: se descalifica al otro sin reconocer la propia incapacidad para ver lo que el otro piensa de sí mismo y de él. Ahí el espejo colonial, en tanto imagen distorcionada, sobre la que se teje nuestra relaciones cotidianas.