Evo Morales está enfrentando las instituciones que ayudo a mantener cuando estaba en el poder. El Tribunal Constitucional le ha cerrado la ruta para ser candidato presidencial, de ser posible habría sido su sexta candidatura desde el año 2002 y cuarta desde que se aprobó la CPE. La resolución del Tribunal decide inclinarse por una aplicación restrictiva del art. 168 de la CPE; en la que se hace evidente, a los ojos de la gente, una injerencia política en esa decisión. Pero, ¿Qué nos llevo a este punto?
Habría que recordar un hito importante en 2014, cuando, amparado en los dos tercios que controlaba en la Asamblea Legislativa, Morales impulsó la suspensión de tres magistrados del Tribunal Constitucional elegidos por voto popular. Aquellas autoridades llevaban apenas dos años de gestión: eran la primera composición plural encargada de echar a andar la nueva Constitución, aún en su lenta fase de implementación tras el referéndum de 2009. Ese incipiente intento por institucionalizar un tribunal plural, “descolonizador” e independiente recibió así su primera estocada. El Ejecutivo —con Morales al mando— asumió el control total bajo la consigna: «Nos hemos equivocado; de nada sirvió poner ponchos y polleras, la justicia no cambia». Con ese discurso, el MAS reinstaló la lógica de centralización del poder en el Ejecutivo que ya habían practicado gobiernos anteriores; baste recordar la salida del ministro Jorge Oblitas -que cuestionaba la constitucionalidad de contratos de capitalización-durante la administración de Gonzalo Sánchez de Lozada.
Con ello se inauguró una cadena de injerencias políticas y de politización de la justicia —o, visto al revés, de judicialización descarnada de la política— que fue estirando sus propios límites en cada gestión gubernamental. Hoy la sombra persiste: la candidatura de Andrónico pende de un hilo tras la orden de una Sala Constitucional de Beni que intenta suspender al MTS.
La sentencia reciente del TCP que impide a Evo postular nuevamente, le devuelve con creces el costo de haber antepuesto su permanencia en el poder a cualquier otra consideración. Pero el desgaste institucional no pasa factura solo a él: hoy está arraigada la certeza de que torcer la justicia forma parte del juego jurídico en casi cualquier litigio.
Paralelamente se abrió otro vacio: la brecha entre dirigencia y bases. Las cúpulas han abusado de la maquinaria orgánica; con ella llenaron concentraciones para legitimar, indistintamente, a Evo o a Arce. Y seguirá ocurriendo: mi vecina puede ir hoy a un mitin de apoyo y mañana marchar por servicios básicos. Así funciona: lógica orgánica pura que sirve a lo social y, cuando hace falta, se vuelve política. Sin embargo, esta dinámica tiene límites. La fragmentación de las organizaciones, el clientelismo y el pongueaje político han hecho estragos: la confianza en la dirigencia es cada vez menor, sobre todo en juntas vecinales y gremios (trabajadores, gremiales y otros). Hoy se advierte una cúpula que respalda a Arce únicamente porque domina el aparato estatal; ese respaldo es pragmático y está sostenido por los privilegios que otorga la cercanía al poder. Si mañana surgiera otro referente —del “bloque popular” o incluso de la derecha— la lógica podría repetirse. Tanto a partido de derecha como de izquierda les gusta exhibir dirigentes indígenas de adorno, y sobran quienes aceptan ese papel.
Para completar el mapa, los movimientos sociales se mueven en tres direcciones. Primero, sectores fieles al Gobierno de Luis Arce mientras este garantice recursos y cargos: su adhesión es coyuntural y depende del control estatal, no de convicciones firmes. Segundo, varias federaciones del Chapare —y ayllus o sindicatos de otras regiones— leales a Morales, un enclave con fuerza propia y disputas internas. Tercero, los sectores rezagados: pueblos indígenas de la Amazonía y el oriente, junto con comunidades quechuas de Sucre y Potosí, marginados del protagonismo que tuvieron en otros ciclos —recientemente se les negó ejercer la representación indígena directa pese a la normativa nacional e internacional.
Esa dispersión le pasa factura a Evo, enfrentado al sistema de control que él mismo erigió. Resulta irónico: cuando era presidente creó la CONALCAM para garantizar verticalidad del control de lo social; ahora, lejos de esa estructura, debe rehacer y articular desde abajo, apelando a la nostalgia de los tiempos de gloria del MAS, pero sin cambiar discurso. Su indigenismo sigue siendo su arma principal.
En ese contexto fragmentado, Evo intenta replegarse a la arena social. Empuja el mismo mecanismo centralista, pero con dificultad. Incluso en su bastión del Chapare se notan divisiones: Andrónico Rodríguez controla al menos tres de las seis federaciones cocaleras. Es una disputa intergeneracional y saldo de viejos conflictos: basta recordar los dirigentes perseguidos, encarcelados o expulsados por desafiar al caudillo. «indios contra indios», resumiría Ayar Quispe.
Lo cierto es que Evo conoce el territorio al detalle: sabe dónde pulsar, a quién convocar y cómo activar las instituciones sociales de base. Seguirá tejiendo política social allí donde las demás fuerzas políticas apenas logran ver una homogeneidad, donde se racializa el fracaso económico y decide cerrarse en candidatos elitistas que renuevan discursos de liberalización económica y explotar el odio anti-evo como unica consigna.
Hay que reconocerle a Evo, que a diferencia de Andrónico y Arce posee estructura de partido. Su apuesta no se agota en la movilización; dispone de operadores formados. Llevo más de una década observando elecciones en El Alto: siempre son los mismos rostros cuidando las mesas del MAS evista. No son funcionarios; son militantes. Ese engranaje tiende puentes entre partido y organizaciones: sostuvo la campaña contra Eva Copa y ahora anuncia a Vilma Alanoca como posible vice de Evo. Muestra un proceso y resultados políticos concretos.
La militancia evista se ancla en organizaciones sociales, funcionarios intermedios —asambleístas, exministros— e incluso redes en el exterior. Han edificado un aparato paralelo al Estado que se maneja en torno a la figura de Evo. Fuera de él no hay nada: el centralismo es absoluto y no admite disidencia. Así ocurrió con Eva Copa y ahora con Andrónico: quien quiera renovación deberá buscarla fuera. La multitudinaria marcha del 16 de mayo de 2025 lo demuestra.
Pero también se percibe fatiga: parte de las bases ya no cree ni en Evo ni en Andrónico. Ese cansancio labre un resquicio a una derecha que, sin candidatos “indígenas” y aferrada a un libreto noventero —desgastado incluso por Trump y sus aranceles—, dilapida su oportunidad. La oposición, con candidatos varones, blancos y empresarios, no entiende al electorado que disputa. Muchas miradas se deslizan estratégicamente hacia Andrónico: Evo encarna la nostalgia; Andrónico, la juventud en medio del naufragio de Arce. La contienda también es generacional: Andrónico vivió los errores y aciertos del MAS, no los peleó en carne propia y arrastra miradas patriarcales; aun así, para muchas organizaciones sigue siendo la opción más viable.
Con todo, el voto del “pueblo de a pie” seguirá orbitando en torno a un bloque popular —aunque parte se incline hacia la derecha. Si la candidatura recae en Andrónico, lo respaldará, quizá sin la contundencia de los tiempos dorados del MAS, pero con suficiente fuerza para una mayoría estratégica.
Resta saber qué rol asumirá Morales como caudillo desplazado y cuáles serán los primeros tropiezos de Andrónico—si llega a ser candidato—. Entre tanto, la justicia seguirá supeditada al poder político: el fallo reciente solo refuerza el presidencialismo, y ante la falta de este un grupo de poder anclado en magistrados prorrogados. Si la justicia constitucional no viabiliza una salida democrática, nos acercaremos a una crisis que de cualquier forma implicaría reformas institucionales duras para salir del atolladero.
En definitiva, la historia no es una suma de acontecimientos: es la cosecha de lo que siembras. Lo que se decida hoy condicionará el mañana. Quizá esto no lo pensó Evo en su momento; ahora debe afrontar, desde la otra orilla, las consecuencias de sus propias decisiones.
