La dicotomía voto ignorante–voto libre que marcó la última disputa electoral en Bolivia no se redujo a las diferencias ideológicas izquierda–derecha, sino a emotividades racistas y clasistas. No porque el MAS o el evismo representen al “voto ignorante” y los partidos de derecha “al voto libre”. Está por demás decir que el MAS, en todas sus vertientes, No representó la defensa inclaudicable de los derechos indígenas; por el contrario, el gobierno de Evo Morales implicó un retroceso respecto a las promesas de cambio que lo catapultaron al poder y que terminaron estrellándose en el piso con la gestión nefasta de Luis Arce Catacora. Lo que realmente aconteció en esta disputa es el desprecio al voto indio de Bolivia.
Recordemos que es a partir de la revolución agraria de 1952 el indio/a es elector y elegible en las elecciones nacionales. Desde ese momento nacieron fórmulas políticas indianistas e indigenistas. El primer candidato aymara a la presidencia fue Luciano Tapia en 1979, en unas elecciones frustradas por la dictadura. Retomada la democracia, en 1982, emergieron varias opciones políticas indias e indigenistas: la que llevó por primera vez a una mujer de pollera al Parlamento, Remedios Loza, en 1989; el primer vicepresidente del movimiento katarista, Víctor Hugo Cárdenas, en 1993; hasta llegar a la elección de un presidente indio, Evo Morales, por casi cuatro gestiones de gobierno. Se comprueba que el voto indio marcó los cambios de ciclo político en varias etapas de nuestra historia independientemente de la narrativa izquierda–derecha.
Remedios Loza, Víctor Hugo Cárdenas y Evo Morales no fueron elegidos solo por ser “indígenas”, sino porque el voto indio posibilitó un giro en la representatividad política y en las propias formas de democracia. Es preciso mencionar que la democracia no es solo votar en las urnas, sino también participar en los espacios donde se construye esa representatividad, que es local y se despliega en la deliberación que puede ser vecinal, comunitaria, asamblearia o como actualmente acontece en el cabildeo de las redes sociales.
Esto evidencia que el voto indio no es individual y nunca lo fue; es un resultado orgánico. Aunque esto no significa “seguir al dirigente”, más bien forma parte del tejido sociopolítico que trasciende la atomización de lo comunitario. Abarca la movilidad urbana/rural, las nuevas redes que se asentaron en las zonas periurbanas del país —el Plan 3000 en Santa Cruz, la zona Sur de Cochabamba, la ciudad de El Alto— resultado de los procesos migratorios internos rural–urbano que ampliaron no solo la presencia india en las ciudades a lo largo de décadas, sino también los marcos de influencia e incidencia pública, la participación política y la representatividad dual (urbano–rural). Es muy común encontrar presidentes vecinales o representantes gremiales, transportistas, microempresarios, profesionales etc., que vuelven a sus comunidades por un año entero para asumir cargos de autoridad por turno y rotación. Esta ocupación política del mundo rural y urbano es muy poco estudiada y menos visibilizada, a pesar del reconocimiento constitucional de la democracia “plural”.
Fue un error del MAS asumir que existe una relación natural, leal e indiscutible entre la izquierda y la mayoría votante del país, cuando esas grandes mayorías, al elegir la fórmula Paz–Lara, mostraron claramente que su preferencia está más allá de esa narrativa o dicotomía ideológica. La ex diputada Toribia Lero no se cansó de repetir que ser indígena no es ser masista, y cuán lejos de la realidad estaba Evo Morales cuando insistía en que estar contra el MAS o contra él es ser de “derecha”. Del mismo modo, es ingenuo creer que ser indio urbano, negociante, que posee un cholet o conduce una Hilux es ideológicamente capitalista y, por lo tanto, de “derecha”; peor aún pensar ingenuamente que todos los indios/as lograron tener esa capacidad adquisitiva, cuando existen contradicciones profundas de clase y género en el mundo llamado indio/indígena/popular.
De ahí que los apelativos de masista —como masca coca, ignorante, salvaje— termina reproduciendo una narrativa errónea forjada desde el falso indigenismo del MAS, el cual, al racializar el término en realidad desprecia al “voto indio”. Memes racistas en redes sociales abundaron tras las elecciones: “no dar empleo o limosna a los indios” como una especie de revancha política por la pérdida electoral de Tuto Quiroga que a última hora intentó conquistar el electorado indio luciendo ponchos y armando rituales, prácticas indigenistas heredadas del MAS.
Al otro lado de la acera, fuera de las burbujas del algoritmo se escuchan voces como la de Marcela Quisbert que previo a la primera vuelta electoral me dijo: “Sabes, Magali, estamos cansados de la dirigencia; mucho han abusado de la confianza, y eso mismo están recogiendo Andrónico y todos los demás”. Es decir, existieron cuestionamientos a las representatividades locales y políticas que revelan un desgaste con consecuencias catastróficas para las organizaciones sociales que fueron divididas, instrumentalizadas y cooptadas. A pesar de ello el voto indio se mantuvo articulado, lo que muestra que la preferencia electoral no está necesariamente en manos de los dirigentes.
Gracias al voto indio el binomio Paz-Lara llegaron al poder, es decir: del rechazo a un indigenismo que instrumentaliza la “diversidad cultural” para beneficio de grupos de poder de “izquierda” y del rechazo al racismo y propuesta libertaria privatizadora y elitista de candidatos de “derecha” como Doria Medina y Tuto Quiroga. Por lo tanto, no es un voto de “apoyo a…” sino de rechazo a estas dos formas de mal gobierno. Es un voto de rechazo a los marcos coloniales que dividen el mundo en dos: entre preparados e ignorantes, entre encorbatados y ponchos cuando la realidad mucho más compleja, diversa y contradictoria.
A casi un mes de posesionado en el cargo, el presidente de Bolivia, Rodrigo Paz, comete los mismos errores de Jeanine Añez al empoderar simbólicamente a una élite económica empresarial. Las primeras señales en su acto de posesión fue la de un blanqueamiento del poder seguidas de una reestructuración y composición de gabinete alineado al pacto económico extractivista y una clara continuidad, con respecto del MAS, de la instrumentalización política de la administración de justicia.
En este punto recuerdo la fuerza de esa frase enunciada por Sergio Almaraz Paz en su libro Réquiem para una república: “Se sentían dueños del país, pero al mismo tiempo lo despreciaban”. Rodrigo Paz calza muy bien esta frase, pues desea gobernar a aquellos que desprecia, seguramente sueña cada noche con haber sido elegido por esa élite a la que añora representar, a esos “bolivianos de bien” que confunden meritocracia con blanqueamiento. Por eso se refugia en los brazos de Samuel Doria Medina, para tener un lugar desde donde legitimarse y lanzar las clásicas recetas de privatización, de trasplante, porque no imaginan otra salida que la economía del shock que golpee con sus ajustes radicales y regresivos a los mismos de siempre, a los de abajo.
A pesar de sus anhelos y sueños cada mañana el presidente Rodrigo Paz despierta y se encuentra con una Bolivia india que no dejará de ser india porque quiten la whipala de los logos institucionales, ni podrán ocultar bajo las máscaras blancas del poder el voto indio que la encumbró.
