Parte de una mentalidad colonial es creer que el «otro» no tiene pensamiento propio. El o la que define lo que piensa o cómo deberían los indígenas, en base a lo que cree que piensan o necesitan. Eso se conoce como indigenismo, es la forma colonial de imponer lo indígena, siguiendo, al menos, dos modelos:
Están los que romantizan la cultura, ropas y prácticas indígenas, a veces para asimilarlas al eje cultural dominante, otras para una inclusión subordinada. En este indigenismo, el dominante selecciona qué cosas son buenas y cuáles malas, filtración que opera por medio de la educación, los medios de comunicación, la religión, el derecho, etc. A pesar de su folklorismo, desprecia al otro, su superioridad moral se basa en la inferioridad del otro. Un ejemplo es el llamado patrimonio cultural, que se reconoce como baluarte de la cultura nacional, pero separado de quienes la producen, sus territorios, sus cuerpos y luchas.
Están también los que demonizan lo indígena, para este grupo los indígenas son los salvajes e ignorantes; por lo tanto, su palabra, luchas y manifestaciones son consideradas radicales, fuera del orden legal y al margen del derecho. Términos como «interés general» o «Estado de derecho» se repiten cuando se trata de invadir territorios indígenas, imponiendo una idea de desarrollo capitalista o convirtiendo la tierra en mercancia como ocurrio con el sonado caso del TIPNIS. Lo grave de este tipo de indigenismo es que la vida de sus dominados no vale nada, apelan por su exterminio y celebran la violencia estatal. Varios ejemplos. En enero de 2007, la violencia perpetrada de vecinos y estudiantes, sobre todo de la zona «jailona» de Cochabamba, contra los campesinos de las provincias, derivó en el asesinato de Juan Ticacolque y Luciano Colque, y del otro bando, Cristian Urresti. Los medios, en este caso, claramente invisibilizaron y justificaron la muerte de los campesinos y victimizaron a Cristian. Similar dinámica de medios y reacciones se multiplicó con los masacrados en Senkata y Sacaba en 2019, y por qué no, en el reciente hecho del avión caído de billetes que derivó en el racismo generalizado contra la ciudad de El Alto.
Ambos no son formas fijas, pero nos ayudan a mostrar cómo opera la dominación colonial y nos ayudan a desentrañar mejor la crítica a María Galindo, que en una entrevista en vivo cortó con una tijera el TIPOY que vestía. El tipoy es una vestimenta actualmente usada como ropa tradicional de las mujeres indígenas de tierras bajas, es parte de su identidad colectivamente construida como parte de su resistencia, recordemos en el Oriente la verdadera dominación colonial se recrudeció tras la fundación del Estado, el avance al Oriente no significa otra cosa que la desterritorialización y despojo sobre territorios indigídenas.
María, independientemente de que sea o no blanca (pues el indigenismo no es propio de blancos, los indígenas participan del indigenismo y lo reproducen), pretende definir cómo deberían liberarse y descolonizarse las mujeres indígenas del oriente. Sin permiso de ellas, de las propias mujeres indígenas, vistió y rompió el TIPOY, en una postura absolutamente individualista, sin respetar la organización colectiva, esa cuerpa política colectiva que reivindica ella misma. María, desde la poderosa individualidad de «caudilla» de cuerpos que no representa, pero que se atribuye, quiere definir lo que ellas deberían pensar y hacer desde la comodidad de un programa, no desde la calle, no desde el territorio, sino desde las cámaras. Lo que me llama la atención es que debajo del TIPOY no estaba el cuerpo desnudo de las mujeres, sino otro ropaje negro, el autorizado por ella misma. Pues ella sí puede representarse como quiere, elegir, definir como no colonial ni patriarcal una ropa no indígena, de la señorita o anti-señorita. Su postura es de un indigenismo que romantiza a un tipo de mujer indígena, excluyendo lo que le gusta y lo que no para incluirla, define qué está bien y qué está mal sin escucharlas. SU LIBERACIÓN ES DE ARRIBA, JERARQUIZA Y RACIALIZA A LAS MUJERES INDÍGENAS.
Por otro lado, tenemos a las mujeres blancas del oriente, las que usan ropa de marca y sueñan con vivir en Miami. Ellas fueron las primeras en saltar contra María, flamearon sus TIPOY y se acordaron de su valor patrimonialista, y salen en defensa de la sacralización del TIPOY apropiandolo como simbolo regional. Su postura es de un indigenismo violento y colonial, pues al tiempo que defienden el TIPOY desprecian al indio, a la india, odian su rebeldía. Las quieren de adorno para sus eventos cívicos, lo mismo hicieron con otros símbolos. Para ellas la vida de las mujeres indias no vale nada, nunca las veremos alzar la voz frente a la invasión de sus territorios, la esterilización forzada o la violencia política, jamás las veremos organizarse por los derechos de los pueblos indígenas, al contrario, aplauden y desprecian la pollera, la whipala, la vida misma de sus otros. Es una violencia simbólica que encubre la violencia física y de exterminio histórico que siguen viviendo con dureza en tierras bajas.
Ahhh claro, tenemos también a los hombres que hoy, igual que antes con el tema de maternidad, se pronuncian a nombre del respeto a «nuestras mujeres», como el reciente alcalde Mamen. Este otro frente termina reproduciendo un indigenismo, pero también un machismo que les da autoridad de definir sobre el cuerpo no solo de las indígenas, sino de las mujeres. Esta es otra ala que indigna leer y escuchar, solo se levantan para desacreditar, jamás para reivindicar verdaderamente los derechos de las mujeres, y menos de las mujeres indígenas.
Las ropas son parte de la identidad, es cierto, pero sobre todo de la identidad política. Algunos que despreciaron el término indígena o indio, como Fernando Untoja, o quienes ahora se asumen indígenas, desconocen las dimensiones políticas de estos términos dentro de la identidad política colectiva. Recuerdo bien los actos de posesión en la parte andina con el cambio de ropas en el altiplano, «en la ropa se carga la comunidad», decía un hermano de Calamarca. Así también recuerdo que un estatuto orgánico que decía que las mujeres debían usar, además de pollera verde y otras prendas, una chompa blanca en señal de pureza, pero también veo la lucha por romper con esto, mujeres que usan el bastón de mando a pesar de su prohibición, que entran a las minas o suben a la torre de una iglesia aunque sean espacios disque sólo de hombres. Esta ocupación, recuperación del territorio como cuerpo político, no sólo es contra el mundo colonial en abstracto, sino dentro de los propios territorios, y es algo que encaran quienes viven ahí, quienes están día a día lidiando con el cargo, con el liderazgo, desde su propia voz, como ya lo hicieron las propias mujeres de la Confederación Nacional de Mujeres Indígenas de Bolivia del Oriente, que en un reciente pronunciamiento repudiaron con mucha claridad estos indigenismos.
Recuerdo cuando conocí la iglesia de Chamula, en Chiapas, México, una iglesia católica que fue apropiada por las comunidades para sus propios rituales. Allí no se puede entrar sin permiso, ni sacar fotos, y menos sacar fotos a las personas; la justicia indígena de Chamula te sanciona. Es una iglesia que, a pesar de haber sido impuesta por la religión católica en su momento, hoy hace parte de la autonomía indígena. Allí cada santa o santo representa a una comunidad en igualdad, todo el espacio se organiza horizontalmente, y allí se realizan los rituales indígenas mayas. Ese espacio ya no es más de la Iglesia católica, ni institucional ni espiritualmente, es de los Chamula. Su apropiación, con la cruz maya y sus rituales, muestra esta inversión ideológica de una iglesia históricamente colonial. Este es un buen ejemplo para ver que el TIPOY, le guste o no a la María, es parte de su autonomía indígena, debió pedir permiso para usarlo y no mancillarlo, pues está violando normas indígenas, está pisoteando el cuerpo político y la cuerpa de las mujeres indias de tierras bajas.
Parte de una mentalidad colonial es creer que el «otro» no tiene pensamiento propio. El o la que define lo que piensa o cómo deberían los indígenas, en base a lo que cree que piensan o necesitan. Eso se conoce como indigenismo, es la forma colonial de imponer lo indígena, siguiendo, al menos, dos modelos:
Están los que romantizan la cultura, ropas y prácticas indígenas, a veces para asimilarlas al eje cultural dominante, otras para una inclusión subordinada. En este indigenismo, el dominante selecciona qué cosas son buenas y cuáles malas, filtración que opera por medio de la educación, los medios de comunicación, la religión, el derecho, etc. A pesar de su folklorismo, desprecia al otro, su superioridad moral se basa en la inferioridad del otro. Un ejemplo es el llamado patrimonio cultural, que se reconoce como baluarte de la cultura nacional, pero separado de quienes la producen, sus territorios, sus cuerpos y luchas.
Están también los que demonizan lo indígena, para este grupo los indígenas son los salvajes e ignorantes; por lo tanto, su palabra, luchas y manifestaciones son consideradas radicales, fuera del orden legal y al margen del derecho. Términos como «interés general» o «Estado de derecho» se repiten cuando se trata de invadir territorios indígenas, imponiendo una idea de desarrollo capitalista o convirtiendo la tierra en mercancia como ocurrio con el sonado caso del TIPNIS. Lo grave de este tipo de indigenismo es que la vida de sus dominados no vale nada, apelan por su exterminio y celebran la violencia estatal. Varios ejemplos. En enero de 2007, la violencia perpetrada de vecinos y estudiantes, sobre todo de la zona «jailona» de Cochabamba, contra los campesinos de las provincias, derivó en el asesinato de Juan Ticacolque y Luciano Colque, y del otro bando, Cristian Urresti. Los medios, en este caso, claramente invisibilizaron y justificaron la muerte de los campesinos y victimizaron a Cristian. Similar dinámica de medios y reacciones se multiplicó con los masacrados en Senkata y Sacaba en 2019, y por qué no, en el reciente hecho del avión caído de billetes que derivó en el racismo generalizado contra la ciudad de El Alto.
Ambos no son formas fijas, pero nos ayudan a mostrar cómo opera la dominación colonial y nos ayudan a desentrañar mejor la crítica a María Galindo, que en una entrevista en vivo cortó con una tijera el TIPOY que vestía. El tipoy es una vestimenta actualmente usada como ropa tradicional de las mujeres indígenas de tierras bajas, es parte de su identidad colectivamente construida como parte de su resistencia, recordemos en el Oriente la verdadera dominación colonial se recrudeció tras la fundación del Estado, el avance al Oriente no significa otra cosa que la desterritorialización y despojo sobre territorios indigídenas.
María, independientemente de que sea o no blanca (pues el indigenismo no es propio de blancos, los indígenas participan del indigenismo y lo reproducen), pretende definir cómo deberían liberarse y descolonizarse las mujeres indígenas del oriente. Sin permiso de ellas, de las propias mujeres indígenas, vistió y rompió el TIPOY, en una postura absolutamente individualista, sin respetar la organización colectiva, esa cuerpa política colectiva que reivindica ella misma. María, desde la poderosa individualidad de «caudilla» de cuerpos que no representa, pero que se atribuye, quiere definir lo que ellas deberían pensar y hacer desde la comodidad de un programa, no desde la calle, no desde el territorio, sino desde las cámaras. Lo que me llama la atención es que debajo del TIPOY no estaba el cuerpo desnudo de las mujeres, sino otro ropaje negro, el autorizado por ella misma. Pues ella sí puede representarse como quiere, elegir, definir como no colonial ni patriarcal una ropa no indígena, de la señorita o anti-señorita. Su postura es de un indigenismo que romantiza a un tipo de mujer indígena, excluyendo lo que le gusta y lo que no para incluirla, define qué está bien y qué está mal sin escucharlas. SU LIBERACIÓN ES DE ARRIBA, JERARQUIZA Y RACIALIZA A LAS MUJERES INDÍGENAS.
Por otro lado, tenemos a las mujeres blancas del oriente, las que usan ropa de marca y sueñan con vivir en Miami. Ellas fueron las primeras en saltar contra María, flamearon sus TIPOY y se acordaron de su valor patrimonialista, y salen en defensa de la sacralización del TIPOY apropiandolo como simbolo regional. Su postura es de un indigenismo violento y colonial, pues al tiempo que defienden el TIPOY desprecian al indio, a la india, odian su rebeldía. Las quieren de adorno para sus eventos cívicos, lo mismo hicieron con otros símbolos. Para ellas la vida de las mujeres indias no vale nada, nunca las veremos alzar la voz frente a la invasión de sus territorios, la esterilización forzada o la violencia política, jamás las veremos organizarse por los derechos de los pueblos indígenas, al contrario, aplauden y desprecian la pollera, la whipala, la vida misma de sus otros. Es una violencia simbólica que encubre la violencia física y de exterminio histórico que siguen viviendo con dureza en tierras bajas.
Ahhh claro, tenemos también a los hombres que hoy, igual que antes con el tema de maternidad, se pronuncian a nombre del respeto a «nuestras mujeres», como el reciente alcalde Mamen. Este otro frente termina reproduciendo un indigenismo, pero también un machismo que les da autoridad de definir sobre el cuerpo no solo de las indígenas, sino de las mujeres. Esta es otra ala que indigna leer y escuchar, solo se levantan para desacreditar, jamás para reivindicar verdaderamente los derechos de las mujeres, y menos de las mujeres indígenas.
Las ropas son parte de la identidad, es cierto, pero sobre todo de la identidad política. Algunos que despreciaron el término indígena o indio, como Fernando Untoja, o quienes ahora se asumen indígenas, desconocen las dimensiones políticas de estos términos dentro de la identidad política colectiva. Recuerdo bien los actos de posesión en la parte andina con el cambio de ropas en el altiplano, «en la ropa se carga la comunidad», decía un hermano de Calamarca. Así también recuerdo que un estatuto orgánico que decía que las mujeres debían usar, además de pollera verde y otras prendas, una chompa blanca en señal de pureza, pero también veo la lucha por romper con esto, mujeres que usan el bastón de mando a pesar de su prohibición, que entran a las minas o suben a la torre de una iglesia aunque sean espacios disque sólo de hombres. Esta ocupación, recuperación del territorio como cuerpo político, no sólo es contra el mundo colonial en abstracto, sino dentro de los propios territorios, y es algo que encaran quienes viven ahí, quienes están día a día lidiando con el cargo, con el liderazgo, desde su propia voz, como ya lo hicieron las propias mujeres de la Confederación Nacional de Mujeres Indígenas de Bolivia del Oriente, que en un reciente pronunciamiento repudiaron con mucha claridad estos indigenismos.
Recuerdo cuando conocí la iglesia de Chamula, en Chiapas, México, una iglesia católica que fue apropiada por las comunidades para sus propios rituales. Allí no se puede entrar sin permiso, ni sacar fotos, y menos sacar fotos a las personas; la justicia indígena de Chamula te sanciona. Es una iglesia que, a pesar de haber sido impuesta por la religión católica en su momento, hoy hace parte de la autonomía indígena. Allí cada santa o santo representa a una comunidad en igualdad, todo el espacio se organiza horizontalmente, y allí se realizan los rituales indígenas mayas. Ese espacio ya no es más de la Iglesia católica, ni institucional ni espiritualmente, es de los Chamula. Su apropiación, con la cruz maya y sus rituales, muestra esta inversión ideológica de una iglesia históricamente colonial. Este es un buen ejemplo para ver que el TIPOY, le guste o no a la María, es parte de su autonomía indígena, debió pedir permiso para usarlo y no mancillarlo, pues está violando normas indígenas, está pisoteando el cuerpo político y la cuerpa de las mujeres indias de tierras bajas.

