Mientras me dirigía a una de las marchas programadas por el 8M, observé a una multitud de mujeres en la Ceja de El Alto. Entre ellas, una mujer de pollera llevaba varias cajas acomodadas en su aguayo, mientras su hija, vestida con jeans y un suéter, también cargaba otro fardo de mercadería. Ambas dibujaban un boceto del mar de trabajadoras que inundaban la Avenida 6 de Marzo bajo la lluvia y el frío. Solo una delgada línea parecía dividir a las generaciones de mujeres aymaras migrantes de primera y segunda generación frente a las condiciones estructurales de desigualdad. Esto me llevo a cuestionarme por los espacios o lugares de ruptura o transformación que necesitamos las mujeres aymaras.
Recordé las palabras de Estela Poma, una líder alteña de la comunidad rural de Alto Milluni, con quien me reuní recientemente. Ella además es una emprendedora que impulsó el turismo local de Milluni con otras treinta mujeres organizadas. Estela hablaba sobre la primera gran brecha de desigualdad que tuvo que enfrentar como mujer aymara: la del hogar. “Ahí comienza la lucha,” me dijo con firmeza. Recordó el momento en que su esposo la amenazó con divorciarse si salía a una reunión. La primera vez retrocedió, pero en la segunda ocasión se atrevió a desafiar la amenaza. Justo cuando estaba a punto de volverse a casa, vio que un minibús doblaba la esquina. Fue la señal que necesitaba para embarcarse en un nuevo camino, uno que cambiaría las reglas de su relación y marcaría el inicio de su independencia.
Ese tránsito entre la renuncia y la afirmación de un destino propio, se replica en la historia de muchas mujeres aymaras. Algunas, como Estela, logran desafiar el mandato impuesto. Otras, en cambio, no encuentran una ruta de escape, por el miedo y la presión que la estaca para siempre. En ese mismo contexto, hoy es un día de movilización para millones de mujeres por el 8M, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Una jornada de lucha contra la violencia de género y el sistema patriarcal, convocada desde diversos movimientos e instituciones alrededor del mundo. En esta fecha coinciden múltiples feminismos: entre las corrientes occidentales encontramos el feminismo liberal, el radical, el anarcofeminismo, el ecofeminismo, el feminismo socialista, el feminismo posmoderno, entre muchas otras. A su vez, desde el mundo no occidental han emergido feminismos como el afrofeminismo, el feminismo dalit en la India, el feminismo comunitario (en Guatemala y Bolivia), el feminismo decolonial, el feminismo bastardo y diversas corrientes que se sitúan en contextos sociales e históricos específicos.
En Bolivia, miles de mujeres no forman parte de estas redes, pero enfrentan sus propias luchas en distintos ámbitos: mujeres dirigentes, como Estela; concejalas rurales; mujeres indígenas de tierras altas y bajas que resisten la violencia y el acoso de sus pares. También están aquellas que no ocupan cargos de representación política, pero que sostienen a sus familias día tras día: las mujeres gremiales que, a pesar del 8M, siguen ofreciendo sus productos en los mercados; las campesinas; las trabajadoras que enfrentan la explotación de casa y el trabajo. Existe, por lo tanto, feminismos en plural, y puede que no todas las luchas de mujeres se lean en clave feminista, ¿…o sí?
Sin embargo, el enemigo no está afuera, está en nuestra propia casa. El feminicida, el violador y el acosador pueden ser nuestro propio hermano, padre, tío, paisano aymara o quechua. La primera generación de migrantes del campo a la ciudad, hijas y nietas, enfrentamos las mismas formas de violencias colonial y patriarcal que nuestras madres y abuelas, pero sin la presencia sólida de la comunidad y en ausencia del Estado Plurinacional. Venimos a la ciudad en busca de progreso y encontramos la profundización de las experiencias más dolorosas a manos de nuestros propios hermanos. Identificar las formas de violencia que sufrimos como mujeres es también nuestro modo de visibilizar nuestro dolor colectivo, nuestras herencias patriarcales, de la cual los propios hombres son sus víctimas también.
Los datos hablan por sí mismos: en términos comparativos regionales, Bolivia ha figurado entre los países con mayor tasa de feminicidios en Sudamérica. Según la CEPAL, en 2022 Bolivia tenía una tasa de 1.5 feminicidios por cada 100.000 mujeres, la más alta de la región (Coordinadora de la Mujer). En 2023, alrededor de 80 niños quedaron en la orfandad tras la muerte violenta de sus madres a manos de sus padres (Infobae). Además, la violencia familiar o doméstica fue el delito más frecuente en el país ese año, con más de 39.000 casos denunciados. Para las mujeres indígenas, el hogar sigue siendo el principal escenario de violencia en un 63% de los casos.
En este contexto, hablar de feminismo aymara es una provocación. Tanto la palabra “feminismo” como el término “aymara” llevan consigo cargas coloniales. Al igual que ocurre con el término “indio” o “indígena,” ‘aymara’ ha sido instrumentalizado, de modo que no siempre lo definen las propias personas a las que nombra. Decirse aymara o indio, como propuso Fausto Reinaga, implica disputar el sentido colonial de esas palabras y reconfigurarlas para constituirse como sujeto político. En ese sentido, el feminismo aymara no solo enfrenta las estructuras patriarcales dentro de las comunidades y redes internas, sino que también reivindica su derecho a nombrarse y pensarse a sí mismo en sus propios términos.
Una de las prácticas tradicionales aymaras más frecuentes es el «exilio doméstico», donde miles de mujeres son desplazadas de sus territorios y hogares para trasladarse a la “tierra-casa” del marido o la pareja. Esta costumbre continúa reproduciéndose en distintos ámbitos. El caso de la boliviana Natalia Ailen, víctima de feminicidio a manos de su pareja en Argentina, es un reflejo de ello. Natalia consideró que su “gran error” fue cambiarse a la fraternidad de morenada de él, donde sufrió violencia tanto de su feminicida como de su entorno. Hasta que él acabó con su vida el 28 de enero de 2025.
Este mismo mandato de subordinación se encuentra en la estructura del chacha-warmi, donde los roles de género están rígidamente definidos. Espacios de poder como el uso del bastón de mando, el tocar la tarca o entrar en la mina han sido históricamente vedados para las mujeres, espacios masculinos impedidos al ejercicio de una politicidad femenina. Un ejemplo de estas restricciones se encuentra en el indianismo de Fausto Reinaga, cuando Hilda Reinaga —su sobrina y principal colaboradora— relató: “Don Fausto sufría y mordía su decepción de haber fracasado en querer hacer un hombre del indio esclavo, en convertir al indio en sujeto político, crear a un Tupaj Katari… Nace en mí el sentimiento de mujer… fue un golpe muy duro” (Reinaga, 2021, p. 115-116). Hilda a diferencia de Fausto escribe desde sus emociones y testimonios personar, que es su voz política también. Ella describe en su libro «Mi llegada a la casa del amauta» las tareas de cuidado que ejercio, del trabajo de Fausto y de la organización que convoco muchos otros miembros del movimiento indianista de diferentes generaciones, hoy invisibilizada por muchos de ellos también.
La desigualdad en la gestión de la tierra y los bienes está en la base material del despojo de las mujeres aymaras. Los abuelos suelen disponer de propiedades para los hijos varones, mientras las hijas quedan relegadas. Puede que existan organizaciones de mujeres afiliadas a Bartolina Sisa y Tupac Katari, pero si en la base de esas relaciones persiste un régimen de propiedad y poder a favor de los hombres, esta dualidad termina siendo subordinada.
Retorno a mi charla con Estela. Ella insistía en que no se puede enfrentar la violencia sin empezar en casa. “El despertar de la mujer comienza en la casa,” repetía, subrayando la importancia de desafiar el control masculino y la imposición de límites que antes parecían inquebrantables. Concuerdo con ella, debemos empezar por casa, las mujeres necesitamos despertar hacia nuestra propia forma de acción y pensamiento político, rompiendo con toda forma de subordinación política, de pensamiento y acción.
Cerramos nuestro diálogo. Afuera, las marchas prosiguen entre la llovizna, con mujeres que avanzan con sus polleras o en pantalón, unas protestando por sus derechos, otras abriéndose paso en la rutina de cada día. En este 8M, la historia y luchas de las mujeres como Hilda Reinaga y Estela Poma—y la de tantas otras— me recordó que el feminismo, en todas sus expresiones, empieza en la decisión firme de forjar lo que somos y lo que queremos. Desde la periferia, desde el margen, desde la aymaridad, construyamos nuestra propia politicidad feminista.
Referencias
Reinaga, Hilda. 2021. Mi llegada a la casa del Amauta. La Laz: Fundación Amautica Fausto Reinaga y la mirada salvaje.
Segato, Rita. 2016. La guerra contra las mujeres. Buenos Aires: prometeo libros.
Untoja, Fernando. 2012. Retorno al ayllu, una mirada aymara a la globalización, crítica a la economía comunitaria. La Paz: Ayra.

Muy interesante esta perspectiva feminista, los hombres tenemos que cambiar nuestro modo de tratar a las mujeres, especialmente a quien decimos que amamos, que el respeto y el amor entre primeramente en cada casa, en cada hogar.
Un saludo a las mujeres aymaras y mis respetos.
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Gracias por tu comentario estimado Fernando.
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