Viendo las imágenes de las oficinas del Tribunal de Justicia, con papeles regados, muebles destrozados y un auto de la Policía quemado, escucho a los comunicadores, analistas y opinadores que piden bala, represión, estado de sitio, que se gobierne desde Santa Cruz, y otras voces, incluso de indios, que dicen “son salvajes e ignorantes”.

Pero la violencia institucional que sufrimos cada día en los tribunales, fiscalías, oficinas públicas, despachos cerrados y ventanillas del Estado también destruye y destroza vidas por siempre. Destruye cuando se pide una fotocopia, cuando el oficial de diligencias se digna a hacer su trabajo solo si hay dinero de por medio, en cada hora de espera en el despacho de un abogado que se cree Dios, en cada «vuélvase mañana» para tener acceso a tu propia historia dentro de un expediente judicial, en los años de espera por cada audiencia suspendida e interminable cadena de sentencias; en cada acto de corrupción, en cada maltrato y en cada indiferencia cruda, racista, clasista y machista de los operadores de justicia.

Es una mierda pensar que este es solamente un problema de dos Bolivias. Claro que se hunde en ese meollo colonial eterno que nos atraviesa, pero es más que eso. También hay una perspectiva necesaria para mirar las múltiples capas de poder que se anidan en lo social, en esa opresión que empieza desde la casa que marcan nuestro cuerpo y nuestra vida social.

Empezemos por eso llaman violencia institucional. Esa violencia que acontece frente a una ventanilla gubernamental y que es acallada por guardiades prepotentes del Estado de Derecho. ¿Cuándo te escuchan? Sólo cuando gritas, protestas y golpeas con dureza esa puerta de la injusticia. No es cultura política, es nomás una repetición forzada desde el propio Estado, y lo sabemos desde siempre, porque nadie nos da justicia y respeto gratis ¿no ve?

Sí, sí, cuando protestas no es para demostrar que puedes controlar tu enojo y acariciar las puertas del Estado sin afectar nada, en especial cuando no quieres quedarte como idiota frente a ese legislador que pide bala para su pueblo, o ese empresario que se victimiza, o ese analista EVofilo que nos cree tontas ovejas.

La violencia del pueblo es eso, violencia. No hay que maquillarla ni fingir que es otra cosa. Fanon decía que la descolonización es siempre un fenómeno violento, porque ningún orden sostenido sobre humillación, racismo, despojo y la manipulación cae con buenos modales. Entonces, si algunos esperan un país de las maravillas, donde el pueblo golpeado responda con paciencia, cartas formales y diálogos inútiles, están mirando otro país. En Bolivia las cosas no funcionan así. Aquí la rabia no aparece de pura gana, se acumula a plan de golpes, del flagelo de la pobreza, de la injusticia, del abuso de poder y se desborda cuando nuestras propias dirigencias se corrompen y nos venden al mejor postor.

No estamos hechos para no nacer nada.

Basta de pedir permiso para ser escuchados.

Basta de que nos pidan respeto por un Estado de derecho que nunca respetó la vida de los pobres, de las mujeres, de los indios, de los obreros, de quienes llegan a la justicia sin plata, sin abogado, sin apellido y sin padrino.

Que la violencia institucional sea legitimada a punta de impunidad no significa que la violencia social tenga que arrodillarse ante un Estado de derecho que para muchos nunca fue derecho, sino castigo.

El destrozo de oficinas institucionales es el golpe reactivo de un pueblo que cada día enfrenta una violencia institucional incontrolable. Quizá los edificios se reconstruyan, quizá los vidrios se repongan, quizá los muebles se compren otra vez. Pero hay vidas detrás de esos juicios injustos que jamás se reconstruyen.

Para siempre queda marcada la vida de una mujer asesinada en un feminicidio que no fue atendido a tiempo. Para siempre quedan las familias de los presos pobres esperando una oportunidad para un juicio justo. Para siempre queda la gente que aprendió que la justicia llega más rápido cuando se paga, cuando se tiene poder o cuando se pertenece al lado correcto del privilegio.

Porque la justicia sigue siendo para quien tiene plata, para quien tiene contactos, para quien puede pagar abogados, fiscales, tramitadores y coimas. La suerte del indio sin abogado, del trabajador rural, de la mujer pobre, del obrero, de la Bolivia sin contactos y cofradias, es distinta. Esa Bolivia enfrenta al Estado, pero también enfrenta la promesa rota del progreso, esa mentira de que bastaba estudiar, trabajar y obedecer para tener una vida digna.

Pero tampoco vamos a romantizar la movilización. El pueblo también tiene malas dirigencias. El pueblo también ha sido usado como carne de cañón. Las movilizaciones muchas veces están masculinizadas, digitadas desde lugares seguros por dirigentes que no ponen el cuerpo, pero sí calculan el beneficio político y económico.

Esta rebelión es contra el Gobierno, contra el Estado pero tambien contra las malas dirigencias sociales. Contra quienes como Evo se aprovechan de la crisis para sacar ventaja, contra quienes hablan en nombre del pueblo mientras negocian su propia sobrevivencia, contra un gobierno que juega con mandos altos y medios y se olvida de la gente de abajo, contra un Estado que grita y respeto mientras la corrupción y el despojo se expanden.

Esta rebelión es caótica porque no está negociando. No está esperando respuesta. Ya no cree en el diálogo ni en las instituciones. Está dispuesta a perforarlo todo, a quebrantarlo todo, incluso ese ilusorio Estado de derecho «plurinacional» que inútilmente Rodrigo Paz dijo que iba a mantener en su campaña.

Estamos en un escenario injusto y cruel, que deja a la gente sin opciones reales de ser escuchada. Y cuando un pueblo ya no cree en el Estado, ni en sus instituciones, ni en sus dirigencias, lo que aparece no es una protesta ordenada.

Aparece una rabia acumulada que ya no pide permiso a nada y nadie, que no tiene objetivo político ni liderazgo comun, que es eso, el desborde de la digna rabia.

Foto: Unitel, vehículo policial quemado.